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martes, 30 de agosto de 2016

ØRGASMØ...BORRACHOS

Por Jesús Alonso 


Siento el orgasmo engullendo luz y
noche tras la explosión.
Navego en tus abrazos, aunque no sé nadar.
Caigo lento pues siento el cansancio en mis zapatos
y pájaros con secuelas equivocadas
y pájaros con pena y madrugada en sus alas.
Siento tu orgasmo como cuando nace una estrella.
Expandiéndose en el azul de la noche.
Sientes un orgasmo y
las alarmas te gritan
como un tren tirándose de los pelos y
en casa tienes el beso más largo y salvaje y
nuestros ojos saben de qué estamos hablando y
tu cuerpo desnudo, implacable, hermoso y
mi cuerpo sudado, exhausto, tiembla y derrama el
placer por la carne sobre tus nalgas.
Y tu grito se clava como estrellas en el cielo.
Sonríes y mis gritos se transforman en desierto.
Sonrío y la cama se empapa de tus olores.
Sonríes y caigo despacio, cierras las 
piernas, fumo
lento.
Tu mirada se pierde en los edificios de la ventana.
Tratan de arañar el cielo con sus antenas.
Para entonces ya éramos un trocito de paraíso.







BORRACHØS... 

Ya borrachos no caemos en nuestros
propios defectos.
No nos rompemos en pedazos en
ojos inalcanzables,
suficientemente fríos como
para besar.
Ya borrachos,
no podemos amarnos, y no duele.
El rencor recorre nuestras venas, y no duele.
Iremos más lentos y no duele.
Ya borrachos,
te inyecto en mi eternidad.
Y si el sol se esconde en mi vida, la luna
sabrá qué es una hermosa vista.
Ya borrachos,
los incendios causados por
los besos,
morirán con una cadena
al cuello.
Soltando caricias tristes.
Ya borrachos,
no dejamos de reír.
Y una mirada detrás de nosotros
salpica locura.
Ya borrachos,
somos un disparo más allá del grito.



Jesús Alonso es un individuo disperso y de inquietudes literarias, escribe poemas y prosa, es además baterista en Corcobado, Les Rauchen Verboten, Leone y Spanish Crooners y Erizonte.

viernes, 1 de julio de 2016

SIMÓN FØNSECA


Por Jesús Alonso/ Corrección de Elena Rosillo



Aquel día apenas avancé debido al calor que reinaba. Todo el esfuerzo empleado no condujo a nada. Estaba demasiado cansado y dudé si continuar. En un momento dado me observé fijamente reflejado en un charco. Estaba de rodillas, sollozando. Sin mediar palabra decidí volver a casa, pues no estaba rindiendo lo suficiente. Me incorporé y asentí con la cabeza a mi yo acuático mientras me secaba el sudor de la frente con la manga de la camisa.
Después de abandonar por ese día, me encaminé entre los árboles hacia mi camioneta fumando un cigarrillo. Me detuve, saqué una petaca con motivos grabados difíciles de distinguir. Dí un trago al aguardiente. Al dirigir la mirada al frente di con un par de pesados jabalíes que bajaban por la ladera de la montaña. Estaban a una prudente distancia.
No lo pensé dos veces. Aproveché la ocasión y, sin apuntar, disparé mi escopeta contra uno de ellos que cayó al suelo fulminado después de lanzar un gruñido que sonó como a cañería hueca. Lo cargué con dificultad sobre mis hombros. Al llegar hasta mi vehículo solté a la fiera ya casi fría sobre el suelo. Mientras conseguía espacio en el maletero de mi camioneta advertí la presencia de un señor muy delgado, con aspecto
cansado, densa barba blanca y ropas holgadas. Giré la cabeza y ahí estaba él observando mi trabajo. Lo primero que me llamó la atención fueron sus manos, en las cuales reinaba un aspecto demasiado dulce para ser un cadáver. Ya estaba a unos pocos metros de mí gracias a los pasos que hacia atrás dio. Lo suficiente como para hablar sin apenas alzar la voz.
“Buenas noches, señor…”, “Simón... Simón Fonseca”. Respondió de inmediato con voz temblorosa y una mirada desde el miedo.
“Buenas noches, señor Simón Fonseca” le dije.
“Mi nombre es Edwin Palace”. ¿Que le trae por aquí? Está anocheciendo, pronto caerá la oscuridad sobre estos parajes. No hay luna y será difícil caminar por ellos. No se preocupe, sé por donde piso aún. No soy más que un viejo... un viejo de lentos movimientos, pero ya me las apaño solo para volver a la ciudad.
Oh, lo siento señor Fonseca, no era mi intención ofenderle. Sólo quería avisar de lo peligroso de esta zona, no es la primera vez que alguien, en la oscuridad, se despeña por algunas de las numerosas simas y laderas que existen. ¿No lo ha pensado?
El viejo, inmóvil y tembloroso comenzó a tartamudear de pánico.
Gracias por la información, pero yo tan solo quiero alejarme tranquilamente.

No quiero ocasionar problemas. Jamás le vi a usted ni sé de
sus asuntos.
De repente comencé a caminar en círculos alrededor del
señor Fonseca y a contarle, mientras señalaba el maletero
de la camioneta, que por esa razón que se alojaba dentro
ya sin vida, había decidido venir a la montaña.
Es mi última oportunidad de alcanzar la tranquilidad que
me perturba estos días y usted sabe demasiado señor
Fonseca. Creo que es mi deber matarle a usted. Entre
escombros y miseria yacerán sus huesos. Tengo que
hacerlo para dar por terminado este trabajo, pero no
tengo prisa. Esperaré a que termine de llorar como un
crío para acabar con usted en segundos.
Su llanto se hizo mas insoportable y grité: “¡Maldito
anciano! ¡Olvídese de este mundo para siempre!”.
¡Oh si! el disparo sonó con un gran eco entre los
árboles para perderse en la lejanía del valle. Volvió
el silencio en poco tiempo. Traté con cariño a mi
escopeta y me dije mientras la acariciaba: “Es
cierto Edwin Palace... Necesita de una mano
prodigiosa que la devuelva a su estado original.
Mañana la llevaré a la armería del ejército.
Desde luego que no es una tienda barata pero
merecerá la pena ver relucir de nuevo estos
cañones”.
Cargué ambos cadáveres junto al de la
chica. Luego me arrepentí y abandoné al
jabalí ya sin vida entre los arbustos más
cercanos. Arranqué la camioneta y me fui
a descansar. La jornada me agotó por
completo.
Aproveché la noche siguiente para
terminar de cavar la tumba. Tuve que
agrandarla para poder introducir sin
dificultad los dos cuerpos.





Jesús Alonso es un individuo disperso y de inquietudes literarias, escribe poemas y prosa, es además baterista en Corcobado, Les Rauchen Verboten, Leone y Spanish Crooners y Erizonte.

domingo, 26 de junio de 2016

EL GRASIENTO CUERVO HUMANO

Por Jesús Alonso

Maldita sea,
cómo tiemblan mis manos a tu lado.
Cariño,
cuando no estás tiemblan igual.
Creo que nuestro amor se debe
a otra historia.
Viene,
y está dispuesta a matarnos.



DOS ENAMORADOS

Por Jesús Alonso

Dos enamorados se ahogan.
Mírales gritar y ahogarse.
Como lo hacen los marineros.
Se enamoran y se ahogan.
Condenan a los que enseñaron
que se puede amar.
Los gritos en la distancia se disipan y nadie oye.
Los cabellos han muerto, la mirada ha muerto.
Son los cuerpos los que gritan,
son como un manojo de flores secas.
Te alejas y todo queda en una extraña adicción.
Por eso lloramos a la luna.





jueves, 21 de abril de 2016

CASTIGO Y DICIEMBRE PARA BENJAMÍN LEANDRO por Por Jesús Alonso



Hoy es diciembre y Benjamín Leandro se asoma al precipicio de su cama. Despacio, despacio!! Se dijo.
Otea el día de cintura para abajo. Ríos de vértigo al mirar su rostro. Está nadando, inundado de lágrimas.
Sus miedos imponen cual inmensa montaña, más tiene un cielo para cubrir la ventana donde estuvo nublado. Es diciembre y Benjamín Leandro ha caído sobre la noche iluminada de luna. Admite que todo le
arrastra. Casi, ni se dio cuenta de la caída. ¡Vaya! parece que todo se atascó por completo; las palabras y los labios, los sentimientos y la tristeza. Todo ello en ese lugar, rellena su pobre afecto.
Hoy es diciembre y este año son mínimos los días en los que ha llovido, por consiguiente, él pertenece a una mala cosecha, sobre todo desde que
sintió no poder levantar la mirada al futuro, dar un paseo en la dirección correspondiente, en la dirección adecuada.
Despacio, lentamente, se da a caminar por la habitación. Partir vacío, retirarse limpiamente. Entre hombro y hombro sigue estando él.
Hoy es diciembre y Benjamín Leandro enciende un cigarrillo sin filtro traído del otro lado del charco, es un paquete de aspecto mexicano. Le atrae su cajetilla ilustrada con un marino a pie del faro que custodia. Se encuentra en la parte superior de la azotea del mismo, sentado; halo de luz y un collar de humo le seducen, le envuelven. Todo lo que tiene que hacer es observar el futuro. Alza la vista mientras saborea uno de esos cigarrillos de cuerpo corto. Su cara está siempre inmersa en un gesto amistoso. El collar de humo envuelve un ancla sobre el cielo nocturno, conectada con pasión a las nubes. Pero la virtud de todo confín de belleza es acabar con nosotros a base de nicotina y estrellas. Es como decir “todo lo que tienes que hacer es saborear toda esta belleza mortal”.

Hoy es diciembre y su brillantez no se expresa como una cajetilla de tabaco traída desde la tierra de la Luna. Su deseo parece ser continuar amando viejos tiempos.Cuando se mira hacia el antaño y la nostalgia, éstos mantienen una conversación a buen ritmo en el tiempo, y se encuentra, navegando por unmar de lágrimas para acabar de naufragar bajo las sábanas de franela, bajo manso aliento fresco de madrugada.

Hoy es diciembre. Es fácil que una sensación se convierta en vida, en pura sangre viva. Es fácil preguntarse cual viejo poder le empuja a ello. Y se encoje de hombros vagamente, sentado en el “mejor, no saber nada, seguir siempre hasta el final”. No tiene el menor interés en una respiración de alta tensión perecedera. Hoy es diciembre; un beso asesino, amigable. Es respiración delgada caída en la noche, fetiche de aliento inesperado, de labios que escuchan y viven grapados los unos a los otros. Y en algún lugar será primavera.
La mitad real, la otra mitad... bueno, no parece un error mientras flote una completa fantasía sobre ella, además tiende a un cierto contraste con su virtud de amar viejos tiempos. Antaño y nostalgia.
Hoy es diciembre, y una cohesión purgada de su cuerpo es lo que le empuja a no querer este día, ni dedos de sol sobre la piel que rondará hasta Dios sabe cuando.
En el momento que despertó por primera vez, era diciembre, y el día era un sentimiento que no le decía nada, era, el punto culminante. Y explotó... Explotó en expansión hacia ninguna parte para caer en una luz, al principio tenue, después aumentaba gradualmente el brillo, y la condensación fue la noche iluminada de luna.

Tímido, el sentido de la plenitud llegaba y el deseo no lejos de cantar calma, sosiego como pájaros o más lejos aún. Incluso ahora en este mismo instante, se convirtió en la misma persona que conoció en diciembre, cuando yacía en la cama, cuando inventó crepúsculos en un sin fin de ojos despiertos. El mismo tipo esperando a otro tipo frente a un espejo. Sonrieron sin ayudarse cuando se sintieron extraños, y a pesar de que ninguno actuó cordial, a pesar de las palabras, a pesar del uno por el otro, sólo se reconocieron por sus voces de plata.
Hoy es diciembre. Benjamín Leandro cayó en la noche iluminada de luna, en su sueño de papel, en su imaginario hogar de ladrillo rojo inventado.
Cayó en el sentido menos abstracto, atraído por el perfume del mismo tipo que le esperaba al otro lado del espejo. De hecho, su cuerpo estuvo inmóvil, frente a frente. Es su arma favorita contra su homólogo. Es como el frío contra montañas cubiertas de frío, musgo, y nieve solitaria.
¿Qué auroras vendrán a iluminar su cuerpo cuando no se trate de la noche?. Siempre ha querido abrazar al niño que está en el fondo de sus latidos. Abrazarlo para que nada de él escape. Pero Benjamín Leandro no es eterno, nadie es eterno, nada lo es, y un latido azul le arrastró hasta la escasa lluvia, hasta el invierno calvo de hojas.
Hoy es diciembre y no puede pensar mientras se cultiva la brecha del dolor o trata de probar el beso de escarcha robado a la medianoche. No puede volver al imaginario hogar de ladrillo rojo inventado, de cientos de ventanas rodeadas de edificio soñado, como aliento de verdugo.
No puede volver por mucho que ya flotaba en el aire cerca del techo con cierto aleteo nervioso y piel animal, con sangre animal. Un aire que crecía. 
Un aire que sólo había obviado junto al aire que inhaló. Un aire alrededor de la luz esponjosa que dispersó la noche, que difuminó su aspecto.
Hoy es diciembre, y se encuentra de nuevo con los pies colgando desde su cama/precipicio. Vive en forma de hielo y su voluntad está en alguna parte de la oscuridad.
En algún oscuro rincón. Ah... Maldito romántico!! Nadie es eterno tras alcanzar la paz bajo el fervor del sol.
Así pues, su cerebro es un taladro que gira murmurando “esto es el final”.
Benjamín Leandro se marea y desmaya. Vuelve en sí. Mira alrededor fingiendo no escuchar, pero como si algo recordase. Ya superado de nuevo el precipicio de su cama, lucha sentado, tomando el té de la tarde, con el cuerpo inclinado esperando solo un verso de tranquilidad. Se marea y desmaya.
Vuelve en si. Se marea y desmaya. Siempre pensó ocultar todo lo malo y con escasa fiabilidad, hablar con su yo del pasado, ¿cuándo comenzó todo esto? Los impulsos de sangre pura, la lluvia torrencial que nunca llega o el amor por las sacudidas; en definitiva, todo ese truco publicitario triste que alcanza su valor usando muerte, límites infinitos y grotescas sonrisas, que engaña a una multitud demasiado excesiva de payasos tristes.


Jesús Alonso es un individuo disperso y de inquietudes literarias, escribe poemas y prosa, es además baterista en Corcobado, Les Rauchen Verboten, Leone y Spanish Crooners y Erizonte.









jueves, 11 de febrero de 2016

ROJO TERRACOTA DE LA RUBIA MADONNA

por Jesús Alonso




La chica que no quería desnudarse, era madre de mis dolores. Cabello largo y oro como mar de redes, me ahogaba. Dominio y espeso fuego arrojaban sus ojos. La chica que no quería desnudarse.... Ah! Rojo terracota de la rubia madonna. La chica que no quería desnudarse, mataba a las flores. Su vida era filo de navaja, ladera de barranco. Para mí, un arma cargada en manos de la irresponsabilidad...

Y yo lloré a mí mismo largo rato ¿Cuánto tiempo pasó? Quizás hasta que las nubes se marcharon y terminé la última copa. Vi como el bus se alejaba. Se fue, mas una sombra permanecía sobre mi pensamiento.

Descendí por los callejones hasta la vieja ciudad. Vi santos y a sus penas deambular. Sombras permanecían tras de sí. Paralizado, helado, observé en ellos una expresión; quizás no existen respuestas cuando una tristeza te ahoga. Profunda como el universo y lejana como el remoto tiempo. En las calles, ninguna virtud sobre los divinos desposados me hizo cambiar de idea. Esas masas eran las que dirigían tales enfermedades contagiosas. Aparente tiempo de verano que envenena la razón. Un dilema encarcelado, un juicio archivado allá en memoriales tiempos pasados.

Un rostro en la esquina como esfinge. Rojo terracota era su vestir. Con sus andares... hacia mí caminaba. Monstruo fabuloso con un desorden por cabeza cuando se acercaba, lo que me ofrecían mis retinas.
Quise que caminara junto a mí. Hasta mi casa. Junto a mis lágrimas de color de sal. Accedió con tan sólo un gesto en su mirada.
Le dije...

“Tengo miedo a la soledad. Te invito a llevar un pedacito de mi corazón cada noche hasta la mañana. Pero tengo miedo. Te he visto antes. Lo he vivido antes. He acariciado muchas manos. Anduve tras la noche buscando la desaparición antes de la entrada de la mañana, para no sentir el deseo de tus caricias. Pero no oyes mis lamentos hasta que estoy a tu lado, hasta que sangro los restos de un antiguo amor, permitiendo que se ingrese entre rayos de sol y tome aire refinado, aferrado a la creencia de que alguna vez tuvo su gran día”.

Andaba a tres pasos de distancia sobre mí, tomando las riendas de nuestra caminata. Repasando sus labios con carmín.
Se detuvo un instante, que para mí representaba una eternidad de nada algo incómoda.

“Los amores, todos son ciegos. No ven más allá de su egoísmo” me replicó con sonrisa y sarcasmo.

En el zaguán, divina como deseo o como codicia sobre algo. Picante, dulce y áspera a los sentidos y al olfato, se alejaba de mí. ¿Cuánto tiempo he de esperar para eliminar su perfume de entre mis piernas?, ¿Para eliminar esta enfermedad contagiosa?.

Ah! Rojo terracota de la rubia madonna, con su dulce dominio del sentimiento. Temblé ante su contagio mientras se despedía sin cerrar la puerta. Caliente y fría se alejaba como una maldita esperanza escaleras abajo. Mis ojos marcaron un horizonte en cada peldaño de piedra que acuchilló con su tacón de aguja infectado con un pedacito de mi corazón. Desapareció al alba de la mañana. Puse mis ojos en la distancia. Al menos, por esa noche, se llevó consigo un pedacito de mi corazón.
Más tarde supe que lo arrojó a un vertedero cercano. Apareció meses después en una subasta pública, marcado por las lesiones de un número de teléfono que no conseguí. Teñido por el rojo terracota de la rubia madonna.



Ilustración : Sibyá Cipsela